Allí se vive el fútbol de manera diferente, el público aplaude cada acción y se emocionan cuando logran un corner tanto que parece que han ganado la Champions. Quizás sea por el alcohol, quizás sea porque ellos inventaron este apasionante deporte o quizás simplemente porque son muy diferentes a nosotros.
Dicen que la afición del Atlético de Madrid es la mejor del mundo, yo sinceramente no lo sé. Empiezo a pensar que esa frase es una milonga o una gran estrategia de marketing. Sentado en las gradas del Vicente Calderón siento pasión, nervios, tensión y multitud de vibraciones que me transmiten los mejores fundamentos de éste gran teatro. Pero realmente me planteo si un aficionado inglés viajaría 2.000 kilómetros para asistir a un partido de mi querido equipo, en cambio yo sería capaz de hacerme 30.000 para disfrutar de verdad de las esencias más arcaicas del fútbol.
Viendo el otro día a Rosicky, un jugador creativo y de toque (que por cierto nos birló el Arsenal a base de talonario) luchar contra dos todoterrenos como Makelele y Oby Mikel, con todas sus energías como si le fuera la vida a él y a toda su familia en la batalla me emocionó. Para mi el fútbol no son sólo acciones como la de Zidane en Glasgow, la de Maradona en el Municipal de México o la de Futre en el Bernbéu birlando al Madrid la Copa del Rey en su propio feudo. Para mi el fútbol también lleva implícito una gran dosis de lucha y batalla. Éstas virtudes hace tiempo que han dejado de ponerse en práctica en la llamada Liga de las Estrellas y, sin duda, la Premier a día de hoy sigue siendo el máximo exponente de lo más bonito del fútbol: once hombres luchando de tú a tú donde las únicas armas son la calidad y el esfuerzo.