domingo, 6 de enero de 2008

Suerte de campeón

Casillas cuatro semanas imbatido en liga.. El Zaragoza asustó en varias ocasiones. Mal juego madridista. Robinho marca la diferencia.

Cruzar los dedos, buscar un trébol de cuatro hojas, derramar la sal por encima del hombro derecho, que tu rival pase por debajo de una escalera. Pisar el regalo de un perro despistado, llevar una pata de conejo de llavero, tocarle la espalda a un jorobado, o que la defensa contraria vea pasar un gato negro. Nada de eso vale contra el Madrid. Está en racha. Es un equipo tocado por un ángel nacido en Móstoles de nombre profano: Iker. De nada sirve correr, pensaría el Zaragoza. “Con Casillas hay que estar especialmente afinado”, rezaba Oliveira antes del partido. El Madrid es un equipo con tendencias, descendente en su juego, pero exponencial, meteórica en sus resultados: Tres tiros a puerta. Dos goles. Un Zaragoza entonado, el mejor de toda la temporada, fue a escoger el peor de los escenarios y el más cruel de los viajes de vuelta: Jugar mejor, dominar, y acabar perdiendo.

Los equipos cumplían sus roles a la salida. Un Madrid con los galones de líder, a siete puntos del Barcelona y las Navidades más blancas que se recuerdan en años. Un Madrid que mordía a la salida, que jugaba al toque, alegre, desenfadado, que se debía una fiesta con los suyos por el heróico triunfo en Barcelona y que, por eso, probablemente, repetía centro del campo, que es lo mismo que decir, que Guti repetía asiento en el banquillo. Con el jolgorio inicial, y las buenas sensaciones, poco importaba un césped rebelde. Antipático y arisco con el balón, que lo repelía y lo hizaba al aire en cada pase a ras de suelo. En definitiva, frío con el fútbol, fruto de las heladas invernales. El Zaragoza con una actitud pasiva, a verlas ir y venir, pero poco duraría esa posición sumisa ante el juego merengue.

El problema de hacer las fiestas a horas tempranas es que se acaba bebiendo demasiado, de tal forma que, uno acaba borracho de sí mismo y haciendo el ridículo. El Madrid pecó de soberbia, el Zaragoza se le subió encima a los diez minutos y le creaba varias ocasiones, de esas suicidas que sólo el Madrid puede permitirse. Y digo sólo, porque Casillas hay uno en el mundo y, parece, tiene un imperio vitalicio en su portería y un consorcio con la suerte (cien palos cumplió ayer). El Madrid sufría y, para colmo, Heinze se lesionaba por andar cotizando lesiones pasadas, que acabaron rompiendo al argentino para un mes.

El partido era de todo salvo opulento. En gran medida tedioso. Las ocasiones se asomaban sonrojando las mejillas, y solo del lado de los maños, porque el Madrid estaba ausente salvo Casillas, cosa que no es nueva. Pero he aquí donde interviene el tercer factor decisivo, después del portero y la providencia. La diferencia entre uno y otro: el tonelaje de su plantilla, y ahí el Madrid es claramente un Súper-pesado. Si un día no aparece Baptista, lo hace Van Nistelroy, y si no lo hace Sneijder, lo hace Guti (aparecido y ovacionado tras su salida por el holandés). Pero esta vez, y ya son varias este año, era el día de Robinho. En estos partidos donde se echa de menos el descaro, el brasileño es el hombre ideal para arrojar a un pajar y arrancarle la falda al partido. De su lujuria futbolística nacía el gol de Van Nistelroy, tras centro desde la derecha, fruto de una jugada individual del brasileño. Primer gol en liga del año, y cambio de partido.

El Madrid se iba impune tras setenta y cinco minutos de delito balompedístico, y al Zaragoza le tocaba cumplír una condena de la que era sobradamene inocente. Tuvo que renegar, por tanto, de la defensa en ocasiones, y del centro del campo en otras, de ahí que Guti comenzara a barajar las cartas y abrir juego a discreción. Un Madrid, por fin, más alegre. Aunque aún sufría algo en sus carnes Casillas, acometía las contras con la velocidad de la que adoleció el encuentro. De ahí nació el segundo gol. Contrataque fugaz y gol de Robinho, que se coronaba así como el hombre del encuentro, o niño quizá, porque es afición lo que tiene el brasileño a chuparse el dedo. Dos veces meció la cuna en sus manos en dedicatoria a su hijo que está por venir... Y el partido se fué ahí.

Dos palos, hasta cinco paradas salvadoras de Iker, el mejor partido de la temporada de los maños, mal partido del Madrid y, ni aún así, se escapa un punto del coliseo blanco. Suerte, providencia divina, estado de ánimo, o quizá un pacto con el mismo demonio, pero el equipo de Schuster tiene algo que hace cada vez más dificil ganarle. Y ya va una semana más. La semana próxima el Levante. ¿Qué será esta vez?

1 comentario:

Javier Blanco dijo...

Bravo Javi. Muy buena crónica. Además este partido es de los que te dan alas a escribir porque hay mucho que contar. Critico tu forma de jugar en nuestras pachangas pero alabo y hasta envidio tu forma de escribir. Enhorabuena y espero tu próxima crónica contra el Mallorca en Copa o contra el Levante en Liga. Un abrazo.